Retorno al comienzo de los comienzos. Entrando a algo así como una ciudadela, ciudadela que contaba con varios enormes y maravillosos castillos, que a su vez contaban con un centenar de habitaciones. Los interminables caminos eran recorridos por miles de aspirantes a caballeros y en general soñadores que aparecían y desaparecían como por arte de magia. Lo más extraño es que cada año me parecía como si todos cambiaran; algunos que se convierten en recuerdos y los extranjeros o “forasteros” que venían persiguiendo sueños.
Si hago todo este preámbulo es tan solo para situarte en el lugar en el que todo aconteció. Con esto creo que podrás volver conmigo atrás y vivir con más propiedad este cuento.
Retomo entonces…
Entré una vez más en esta ciudadela en donde hace poco fui forastero también. Con normalidad me dirigía a una de las habitaciones, lugar en el que nos preparaban a “algunos” a crear sueños (y digo a algunos porque a otros más bien se los destruían), dispuesto a defender un sitio para mí y mi compañera de hazañas. Siempre es necesario contar con un amigo que te acompañe en tus aventuras. Debo mencionar que las charlas dadas por los sabios eran zonas muy peleadas, puesto que las enseñanzas eran solo para algunos y por lo general para los más fuertes. Sin que yo, recuerda muy bien lector ese “yo”, será fundamental a lo largo de esta historia, ya que no solo seré el protagonista de la misma, hasta entonces, me hubiese dado cuenta de lo importante que era nuestra unión para mí, comencé a vivir cambios muy grandes en mi vida; cambios que serían determinantes en el renacer de mi propio ser.
Me recuerdo bien esa ocasión porque al encontrar allí parada justo entre la fea niebla de aquel día, temblorosa y encogida por un extraño frío para esas fechas a mi compañera Natalia, (unas horas más y probablemente escucharía alguna queja porque el verano aún no había finalizado) sentí algo especial en su rostro. Un abrazo y una fuerte mirada fueron el saludo más franco que podría dar; una persona como ella solo merece mi total sinceridad y respeto.
Antes de que yo pudiese decir nada, golpeteada y apresuradamente me dijo:
- Hoy defenderás una nueva alma, de toda mi confianza,
claro está.
Guarde silencio un momento.
Sin mayores titubeos respondí con gran altruismo:
- Tan solo debes decirlo, sin siquiera darme explicaciones.
Tus palabras merecen mi absoluta incondicionalidad. Sé que proviniendo de ti también merece mi absoluta confianza, valor y tiempo. Mas sin importar cuanto haya que hacer, habrá un puesto más esta tarde para tu alma amiga.
Fue así entonces como todo comenzó. Poco después de empezar las sangrientas batallas se asomó por el marco de la puerta la silueta de una hermosa doncella que, imagino, no venía a luchar, si no que muy por el contrario, aunque presentando un rostro muy distinto al de una indefensa jovencita de carácter débil, venía buscando socorro junto con un lugar cálido y seguro.
Lógicamente no podría haberla reconocido, tan solo sentí por primera vez un miedo escalofriante a lo desconocido, y me es necesario sostener que jamás le hubiera temido a algo de no ser por ella; hasta llegué a pensar que el miedo no estaba hecho para mí. Pero claro, siempre hay algo que te demostrará lo contrario.
La joven se acercó hasta el lugar en donde estábamos y mi compañera de inmediato cambio su rostro de uno angustiado por la espera a otro totalmente lleno de satisfacción por la llegada de su invitada. Fue entonces cuando experimenté algo que en nada me gustó. De verdad que fue bastante raro puesto que a pesar de no sentirme en nada consecuente con mis valores, no me hizo sentir incómodo ni mucho menos despreciado. Por el contrario, creo que por primera vez me sentía acogido y valorado de una forma distinta.
Lo especial y hermoso de todo esto es que fue solo el saludo. Una mirada algo indiferente y pretenciosa llena de cosas que decir, pero en el mayor de los silencios.
Las preguntas en mi interior fueron bastante copiosas:
- ¿Por qué tiemblo? ¿Por qué me siento tan vulnerable? ¿Por qué si es solo una indiferente mujer?
Como si fuese la primera vez que hablase con alguien solo reaccioné, en un raro tono de pregunta o saludo, a decir:
- ¿Hola? ehm… Eduardo.
¿Se supone que uno hace eso al presentarse? ... No, definitivamente me intimidé por ser una de las pocas veces que alguien me mostraba tanta seguridad sin ser prepotente. No me había alterado en lo absoluto el hecho de conocer a una nueva persona, de hecho, fue lo que más me asustó. Supongo que el que yo fuese quien abrigaba tantas esperanzas en esta nueva amistad (más aún pensar en las expectativas que ella debía tener al conocer a su nuevo defensor) me dejó con la sensación de…
…Nada.
Ese día creo que solo fue el saludo; mas no reparé en pensar en ella por el resto del día.
Dentro de todas las batallas que tuve en aquella ocasión, la infinidad de dragones a los que me enfrenté, la enormidad de fuertes caballeros que saqué de mi vista así como el sin número de gigantes que cayeron a mis pies, (esto me recuerda en cierto modo a Don Quijote, ¿a ti no?) tuve que lidiar con una en especial; sin duda esta joven princesa había dejado algo en mí que me hacia preguntar:
- ¿Qué significa toda esa faramalla de superioridad?
No merece que piense tan…
Cada vez que llegaba hasta ese punto me detenía, respiraba y luego reflexionaba:
- Espera… todo pasa por algo.
Así con el paso de los días en los que esperaba con ansi… con curiosidad, llamémoslo así, (no quiero que pienses lo que a estas alturas ya estas pensando sobre mis sentimientos) las instancias en las que podía volver a verla y aquellos en las que caminaba con mis caballeros, por lo general trataba de hacerme el indiferente. Imagina lo complejo que es hacerte notar cuando quieres parecer indiferente; es decir, que te vean pensando que tú no quieres que te vean. En fin, creo que vivir en un mundo de hadas y peleas me ha hecho fantasear con muchas cosas.